viernes, 19 de mayo de 2023

El siglo que perdimos la agricultura

 


Hace unos 10.000 años que se descubrió la agricultura. Al parecer, es algo que surge en varios lugares a la vez, aunque es difícil establecer lo que es “a la vez” con rangos de años tan amplios. No sabemos si surgió a partir de semillas plantadas de forma intencionada, o si por el contrario fue fruto de la eliminación de competidoras en un entorno determinado, quizá en un primer momento, como facilitación en la recolección. Esta facilitación podría haber provocado la mayor proliferación de la planta de la que se obtenía provecho pero no necesariamente de forma intencionada en un primer momento.

El hecho de recoger la semilla, plantarla y facilitar los medios para que se desarrolle puede no haber sido algo que se hiciera de “repente”, tal y como he expuesto. En cualquier caso, la agricultura surge en medio del entorno natural. No es un proceso al margen de las mismas leyes que rigen el desarrollo y la ”lucha por la existencia” que imperaban en el entorno. Si bien la eliminación de competidoras por la luz y el espacio es un proceso común en la agricultura, también es posible que surgiese por simple comodidad en la recolección y esa ventaja sobrevenida para la especie que se deseaba recolectar fuera el germen de la agricultura. Las personas que vivían de la caza y la recolección, necesariamente repararían en como surgen las plantas a partir de las semillas, si bien no necesariamente de las plantas con semillas pequeñas, sí con las de los frutos que conservan su forma y recubrimiento durante meses tras la germinación, dejando claro que de “dentro del fruto” sale una nueva planta. Así pues, la agricultura comenzó en pequeñas áreas que se robaban al bosque o al medio que fuese, con el fin de producir lo esencial durante un corto espacio de tiempo, abandonando el lugar poco después, e iniciando el proceso de nuevo en otro sitio diferente. Una vista desde el cielo en un área selvática a orillas del río Orinoco nos muestra cicatrices de asentamientos abandonados, algo así como los nidos de los pájaros.

Desde aquellos primeros años fueren como fueren, intencionados o no, hasta hace un centenar o poco más, la agricultura ha sido algo que estaba inmersa en el medio natural. A pesar del riego, que se podía efectuar desviando los cauces de los ríos y haciendo que el agua volviese a discurrir por terrenos que los ríos hacía décadas que ya no inundaban y a pesar de la labor de eliminar competidoras por el espacio y la luz de forma activa arrancando lo no deseado. Estas acciones acababan en un modelado doméstico de las plantas. La modificación de los ríos para inundar las zonas deseadas y la eliminación de competidoras de forma manual y activa tiene su exponente más popular en las terrazas de cultivo de arroz localizadas en el continente asiático. En nuestro continente y el norte de áfrica, los cultivos serían más parecidos a nuestros cultivos tradicionales de secano, herederos de la siembra del trigo extendida por el imperio Romano, base de su alimentación junto con el aceite. Cada civilización ha tenido su producto agrícola sobre el que se apoyaba, ya fuese el trigo, el arroz, el maíz o la quinoa, siendo la agricultura un asunto de estado. Esto no ha cambiado. El arado romano y el trillo de sílex, han sido la herramientas habituales usadas para el cultivo hasta mediados del siglo XX en nuestro país, España. No son pocos los aperos para caballerías o bueyes que aún se pueden encontrar en los almacenes de las antiguas casas rurales. Los canales de riego que se usan conservan el trazado que se les diera hace 1000 años y el sistema y costumbres de riego datan de entonces, siendo aún válidos los beneficios en turnos de riego o tasas para tierras que aún fragmentadas, fueron originariamente propiedad de aquel que diseñó una determinada infraestructura de riego. 

Oímos o leemos siempre que las variedades agrícolas que disfrutamos fueron creadas por la selección de las personas generación tras generación. No es del todo cierto. Desde el primer segundo, aquel árbol cuyos frutos eran más dulces o aquella espiga de grano más grueso, estaba sometida desde su mismo nacimiento a la acción de la naturaleza. Hongos, insectos, sequía, suelo… todo ello al margen de la acción humana y que comprende desde la germinación hasta el punto de cosecha. Luego el fin último de la cosecha, que es realizado por las personas, ha estado supeditado a otra serie de filtros físicos o biológicos que han impedido que aquellos seres menos capacitados para la existencia acaben su ciclo biológico. Antes de esto, tuvieron que protegerse de la acción de los hongos que malogran la semilla, del diente de los herbívoros, tuvieron que gestionar mejor el agua y los nutrientes, tuvieron que hacer volar mejor su polen y captar a su vez el polen de otras para poder desarrollar el fruto, o bien atraer con mayor eficacia a los insectos polinizadores, Finalmente, tras todo este periplo natural, producir lo suficiente para poder garantizar su supervivencia en la última escala de la selección, la recolección por parte del ser humano. Y tampoco, ya que de todo lo recogido, únicamente aquellas variedades que se conservaban mejor y más tiempo, serían finalmente las seleccionadas.
Al año siguiente, se repetiría el proceso de modo que las plantas, si bien eran favorecidas por las personas según los gustos o necesidades culturales, siempre había un proceso paralelo de selección natural del cultivo. Así ha sido siempre, a lo largo de los tiempos. El resultado eran multitud de variedades locales de los diversos productos agrícolas y ganaderos que estaban, como por arte de magia, mejor adaptados a la vida en cada lugar que otros. Es la selección natural. La selección de las personas, era un paso más en esa selección natural.

En estos últimos años, la cosa ha cambiado. Se han seleccionado variedades en laboratorios al margen de la selección natural. Se reduce la diversidad genética mediante las técnicas que homogeneizan los cultivos, ya sea mediante injertos u otros métodos y se obtienen variedades híbridas que no son productivas en segunda generación, de modo que siempre el cultivo está en esa primera fase evolutiva. Para facilitar que la mayoría de esos frutos lleguen a estado de cosecha, se utilizan productos químicos que eliminan a aquellos seres vivos que durante milenios han facilitado la tarea del seleccionador, dotando de buena genética a aquello que el seleccionador después, sólo tenía que juzgar por el aspecto o sabor. Todo ese acervo genético y todo ese trabajo de millones de seres vivos diferentes a lo largo de quizá 10.000 años, ha ido, o está yendo, a la basura.
Así pues, a lo largo del siglo pasado, en la parte del planeta más industrializada se perdió la agricultura. Los vegetales no sufren un proceso de selección natural paralela a la selección de semillas realizada por el ser humano. Muchas de las variedades han desaparecido y no se utilizan, después de todo el largo proceso evolutivo que esto había llevado. Eso mismo se realiza incluso con la fauna auxiliar que es eliminada de forma sistemática cada temporada impidiéndole realizar su labor natural. Con este modo de explotación de la tierra, el objetivo de la actividad agrícola ha pasado a ser únicamente el de obtención de producción y rentabilidad. Importa poco el lugar donde se vaya a consumir el producto. La agricultura y la ganadería, que deberían ser servicios públicos equiparables a la sanidad, han sufrido la misma perversión que esta última está sufriendo en la actualidad. La agricultura y la ganadería, deben estar sujetos al derecho de todo ser humano a la alimentación. Forman parte del diseño social estratégico de cada país y es el modo más legítmo de soberanía. Doblegadas a los intereses del capitalismo, tanto la política ganadera como la agraria, han dejado de ser un factor inseparable de la soberanía de cada población y sin darnos cuenta, estos procesos de producción que se llevan a cabo en el medio natural, han pasado a ser gobernados de hecho, por grandes industrias. Incluso, se ha diseñado una política de ayudas equivocada que hace que éstas vayan a parar finalmente a las industrias que tienen intereses en este tipo de "desarrollo". Estamos dejando el agua, la tierra y los bosques en manos privadas que especulan con nuestra soberanía alimentaria, con el agua de nuestros ríos y con el suelo de nuestros países.

      Es así, como hemos llegado a los escenarios actuales, en los que un recorrido de kilómetros a lo largo de explotaciones agrícolas y ganaderas, nos muestra como están usando un agua que es escasa, para producir alimentos destinados a personas o animales de países lejanos a costa del agua necesaria para producir nuestros alimentos o sostener nuestro medio natural. No es la sequía lo más grave. Lo más grave de nuestra situación es que además de haber escasez de agua, la utilizamos como bien de exportación al ser usada para producir excedentes que van a parar a otros países, en ocasiones, más húmedos que el nuestro. Basta dar un paseo por los regadíos de alafalfa de exportación o mirar las imágenes de satélite las zonas del sur de España para ver el disparate al que nos está conduciendo la agroindustria. 

       

          Pueblo Bonito, en el cañón del Chaco, es un poblado antiguo de Nuevo Méjico, habitado antes de que los españoles llegaran allí. Su desarrollo se fundamentaba en el comercio de gemas y su alimentación estaba basada en el cultivo de maíz, calabaza o yuca. La tala indiscriminada del bosque más cercano acabó sometiendo a la zona a un cambio en los niveles freáticos que acabaron por hacer inhabitable la ciudad e inoperativas las áreas de cultivo, teniendo que ser abandonada. Durante años fue un misterio el porqué fue abandonada la ciudad, hasta que restos arqueológicos parcialmente fosilizados mostraron los cubiles de algunos roedores ligados a bosques de pinos que en la actualidad se encuentran a más de 70 km de distancia. Las civilizaciones crecen en complicación administrativa y organizativa, llegando finalmente a una situación de extrema fragilidad, justo, cuando parecen más fuertes. Nuestra civilización global, es tremendamente frágil. Siempre con la visión del crecimiento, aún está con los planteamientos de producir para exportar, y a mes de mayo, con una cantidad de precipitaciones preocupante, seguimos actuando como si el año fuese normal. Si en un par de meses no ha llovido, recordaremos con amargura el agua invertida en los productos sembrados para la exportación, porque las reservas, cuando se agotan, se agotan para todo. Para la alfalfa de los caballos de los jeques saudíes y para las verduras que se sirven en nuestras mesas. Ninguna civilización es consciente de su colapso hasta que ocurre. Machu Pichu aún estaba en construcción cuando fue abandonada... 

 
       Cuando paséis por un campo de alfalfa, pensad. La pluviometría media de España es de 600mm anuales. Es decir, llueven de media 600 litros de agua por cada metro cuadrado. En Zaragoza, donde yo vivo, es de 300 a 350 litros anuales por metro cuadrado.  La alfalfa, para completar el ciclo productivo, necesita unos 900 litros anuales por metro cuadrado. Es decir, cada metro cuadarado de alfalfa se "bebe" lo que llueve en tres. Ese agua que falta, porque ni cuando la precipitación es normal está presente, se extrae de embalses que guardan lo que trae el río que recoge las lluvias más abundantes del Pirineo.  Si pensáis que el agua que necesitamos para ese campo es la que llueve en una superficie equivalente al triple, pensad también que de toda esa alfalfa que véis, sólo la cuarta parte es la que necesitamos nosotros para nuestro uso. Es decir, gastamos doce veces el agua necesaria para producir lo que necesitamos para que alguien se enriquezca con ello. A esto añadimos que necesitamos gastar millones de euros para entregarlos a los agricultores y adquieran la maquinaria necesaria para que puedan producir. Sin los medios mecánicos que tenemos que pagar con dinero público y que sin él no podrían adquirir los agricultores, no sería posible producir todo eso que no necesitamos, con agua que no tenemos. Producimos tres veces más de lo que necesitamos, con doce veces más de agua de la que tenemos, con tres veces más maquinaria y tres veces más de jornadas de trabajo. Todo para al final quedarnos sin agua. Es más lógico y barato que los agricultores y ganaderos sean empleados públicos que produzcan nuestros alimentos trabajando jornadas tres veces menores y gastando en maquinaria tres veces menos también. Con esta política agraria, preocuparse por el cambio climático es ser demasiado optimista, porque para que llegue a afectar a nuestra civilización, primero nuestra civilización debe de llegar hasta ese punto crítico. Y yo no veo claro esto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario